Vacunación: la importancia de una adecuada inmunización

Dr. Mauricio Rassetto
mauricio.rassetto@wiener-lab.com
Centro de Investigación y Biotecnología – Wiener Laboratorios SAIC – Rosario, Argentina


La vacunación es sin duda una de las prácticas médicas más exitosas. Tres millones de niños se salvan de la muerte cada año como resultado de la aplicación sólo de vacunas. Las vacunas más exitosas en términos de vidas salvadas, son aquellas en contra de la poliomelitis, sarampión, paperas, rubéola y fiebre amarilla.

Actualmente, las vacunas autorizadas para uso en humanos contra enfermedades infecciosas han adoptado distintos enfoques para lograr la estimulación de la respuesta inmune específica. Éstos pueden dividirse en cuatro categorías según el tipo de antígeno que contienen: inactivado, vivo atenuado, subunidad y partículas similares a virus (VLP).

Las vacunas inactivadas utilizan el microorganismo responsable de la enfermedad, pero en una forma muerta después del tratamiento con agentes químicos o físicos como el calor o la radiación. Algunas de las primeras vacunas se hicieron de esta manera; a diferencia de las vacunas inactivadas modernas que incluyen aquellas contra la hepatitis A y la Influenza. Estas vacunas son muy seguras, pero sólo inducen una protección inmunitaria
relativamente débil, ya que carecen de muchas de las propiedades estimulantes de los organismos vivos. Algunos de los problemas de las vacunas inactivadas se pueden superar utilizando organismos vivos atenuados, como en las vacunas contra la fiebre amarilla, el sarampión, la rubéola y las paperas. Al cultivar en serie al patógeno, emergen cepas que han perdido sus genes relacionados con la patogenicidad, la virulencia y la evasión
inmunológica, ya que no son necesarias. Estas cepas son seguras para inyectarlas en un huésped sano, dado que retienen su inmunogenicidad pero no pueden causar
la enfermedad.

Una compensación continua en el diseño de la vacuna es la de seguridad versus eficacia; la mayoría de las vacunas basadas en proteínas y ADN son más seguras y más baratas de producir en comparación con los patógenos enteros atenuados o inactivados, pero luchan para obtener respuestas inmunitarias adaptativas fuertes y protección a largo plazo. Para aumentar la actividad de estas vacunas, a menudo se administran junto con sustancias conocidas como adyuvantes.

Inicios de la vacunación y primera campaña internacional

A finales del Siglo XVIII, el médico británico Edward Jenner notó que las recolectoras de leche expuestas al virus de la viruela de la vaca (cowpox) rara vez contraían la enfermedad mortal de la viruela, que estaba muy extendida en ese momento. Él planteó la hipótesis, y más tarde demostró experimentalmente, que la exposición al agente causante de la viruela podría usarse para generar inmunidad protectora contra la viruela. Jenner se percató de que una variante de la enfermedad, la viruela de las vacas, también ejercía el mismo efecto inmunitario con respecto a la viruela convencional en las personas que la habían contraído. En 1796 extrajo materia infectada de un individuo afectado por la viruela de las vacas y se la aplicó a un niño sano de ocho años, que prontamente desarrolló una fiebre leve y pequeñas lesiones. Dos meses después infectó nuevamente al niño, pero esta vez con el virus de la viruela convencional, sin que la enfermedad llegara a desarrollarse.

Esta idea revolucionaria marcó el nacimiento del campo de la vacunología, y se considera que el trabajo de Jenner es el que más vidas salvó.

En 1803 se realizó la Expedición Filantrópica de la Vacuna, dirigida por Francisco Javier de Balmis, que conduce una caravana infantil con rumbo al Nuevo Mundo para transportar la vacuna y prevenir las epidemias de viruelas. En el siglo XVIII, la viruela mataba a 400.000 personas al año en Europa, mientras que sus efectos eran todavía más devastadores en el Nuevo Mundo. Por eso, cuando Balmis se enteró de los beneficios de la vacuna de Jenner,
no dudó en poner en marcha un plan de vacunación. Aquella primera vacuna consistía en inocular pus de la viruela de las vacas, de efectos leves, en personas sanas que, a la postre, se volvían inmunes a variedades más virulentas de la enfermedad. En 1803 se tardaba semanas en navegar de España al Caribe, y no había electricidad ni forma de mantener una vacuna refrigerada, por lo que decidieron utilizar 22 niños huérfanos, éstos resultaban propicios para transportar la vacuna. La viruela de las vacas se inoculó en uno de ellos, a los 10 días le salieron unos pocos granos que exhalaban el llamado fluido vacunal; éste se recogía y se inoculaba en otro niño, y así se mantenía la cadena.

Vacunación actual

Uno de los desarrollos recientes más emocionantes en la ciencia de las vacunas ha sido el uso de VLP. Las VLP existen naturalmente como co-productos en la replicación viral, y son esencialmente partículas virales que carecen de material genético, al tiempo que conservan la estructura inmunógena del virus nativo. Al unir químicamente antígenos deseados a la superficie de la VLP, se les confiere las propiedades inmunogénicas de la VLP. De esta manera se puede inducir fuertes respuestas humorales sin los riesgos asociados con las vacunas virales vivas atenuadas o inactivadas. A diferencia de las vacunas de ADN, esta tecnología se ha traducido bien de modelos animales a humanos. Las vacunas basadas en VLP han sido utilizadas contra la hepatitis B y el virus del papiloma humano. Las investigaciones actuales son prometedoras en el desarrollo de vacunas VLP para prevenir la infección por el virus de la Influenza y el chikungunya.

Los recientes avances en biología molecular, genómica transcriptómica y proteómica han abierto nuevas fronteras en la interfaz entre microbiología, inmunología y vacunología. La integración de las disciplinas tradicionales con estos nuevos enfoques ha comenzado a arrojar luz sobre los mecanismos que subyacen a la protección inmune a las infecciones, pero aún queda mucho por hacer para un diseño racional de vacunas nuevas y mejoradas. Los beneficios derivados de estos nuevos enfoques pueden ser enormes, considerando que pueden ampliarse a la vacunación contra enfermedades crónicas no infecciosas, como el cáncer y la autoinmunidad.