Vacunas

Vacunas


Cada año, la inmunización salva millones de vidas, y en todo el mundo se la reconoce ampliamente como una de las intervenciones en salud con mayor costo beneficio. Aun así, sigue habiendo en el mundo millones de personas no vacunados o vacunados de forma incompleta.

Las vacunas interaccionan con el sistema inmunitario y producen una respuesta similar a la generada por las infecciones naturales, pero sin causar enfermedad ni poner a la persona inmunizada en riesgo de sufrir las posibles complicaciones de ésta.

Una vacuna es una preparación destinada a generar inmunidad contra una enfermedad, estimulando la producción de anticuerpos (inmunidad activa). Existen tres métodos principales para diseñar una vacuna. Esos métodos se distinguen en función de si en ellos se utilizan virus o bacterias íntegros, solo los fragmentos del agente patógeno que inducen una respuesta del sistema inmunitario o solamente el material genético que contiene las instrucciones para fabricar proteínas específicas y no todo el virus (Figura 1).

 

Antes de que se determine la eficacia y seguridad de las vacunas en la etapa de desarrollo, muchas de las vacunas experimentales son objeto de análisis. Por ejemplo, aproximadamente 7 de cada 100 vacunas que se analizan en los laboratorios y se prueban en animales de experimentación llegan a considerarse lo suficientemente buenas como para pasar a la fase de realización de ensayos clínicos con humanos. De todas las vacunas que llegan a la fase de ensayos clínicos, tan solo una de cada cinco demuestra tener utilidad real.

Vacunas inactivadas
La primera de las estrategias que pueden utilizarse para diseñar una vacuna es aislar el virus o la bacteria patógenos, o uno muy parecido, e inactivarlos o destruirlos por medio de sustancias químicas, calor o radiación. En esta estrategia se utiliza tecnología que ya se ha demostrado que funciona para tratar enfermedades que afectan a los seres humanos (por ejemplo, este método se utiliza para fabricar las vacunas antigripales y antipoliomielíticas).

Vacunas atenuadas
Para diseñar las vacunas atenuadas se utilizan los virus patógenos o alguno que sea muy parecido y se mantienen activos pero debilitados. La vacuna de tipo SPR (con componente antisarampionoso, antiparotidítico, y antirrubeólico); las vacunas contra la varicela y contra el zóster son ejemplos de este tipo de vacuna. En ocasiones no es conveniente aplicar vacunas de este tipo a las personas inmunodeprimidas.

Vacunas basadas en vectores víricos
Para diseñar este tipo de vacunas se utiliza un virus inocuo para transportar fragmentos específicos (llamados “proteínas”) del agente patógeno de interés con el fin de que estos induzcan una respuesta inmunitaria sin llegar a causar la enfermedad. Para conseguirlo, las instrucciones para fabricar fragmentos específicos del agente patógeno de interés se insertan en un virus inocuo. Una vez hecho esto, el virus inocuo sirve como una plataforma (un “vector”) para introducir la proteína en el organismo. Posteriormente, la proteína induce una respuesta inmunitaria. Por ejemplo, la vacuna contra el ebola es una vacuna basada en un vector vírico. Este tipo de vacuna puede desarrollarse rápidamente.
COVID-19

Actualmente, se están desarrollando más de 200 vacunas experimentales contra el COVID-19. De ellas, al menos 52 se encuentran en las fases de ensayos con humanos. Hay muchas otras vacunas que actualmente se encuentran en las fases I o II y que pasarán a la fase III en los próximos meses. Algunas de las vacunas desarrolladas contra el COVID-19 contienen ARN mensajero (ARNm), una técnica que se lleva estudiando desde hace más de 10 años y que se ha utilizado para fabricar vacunas contra el zika, la rabia y la gripe.

Los ensayos clínicos indican que estas vacunas proporcionan una inmunidad prolongada y su inocuidad se ha comprobado con el máximo rigor. Debido a que no contienen virus vivos, no interfieren con el ADN humano.

Como se hace con todas las vacunas, las que se desarrollan contra el COVID-19 pasan por un proceso riguroso de varias fases que incluye, por ejemplo, la realización de amplios ensayos clínicos con decenas de miles de personas. Estos ensayos están específicamente diseñados para detectar cualquier efecto secundario u otros problemas de falta de inocuidad.

Un comité externo de expertos, convocado por la OMS, analiza los resultados de los ensayos clínicos y recomienda las vacunas que deben utilizarse y el modo de usarlas. Posteriormente, incumbe a las autoridades de cada país autorizar o no el uso de cada vacuna en sus jurisdicciones y elaborar políticas para administrarlas, a partir de las recomendaciones de la OMS.

Se han realizado amplios ensayos con asignación aleatoria para evaluar las vacunas contra la COVID-19 en los que se ha incluido a personas de una amplia gama de edades, de ambos sexos y de distintos orígenes étnicos, e incluso a personas que presentan enfermedades. Los resultados indican que estas vacunas son muy eficaces en todos los grupos poblacionales.

Fuente OMS